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jueves, 12 de julio de 2018

Festín de muertos (4)





Festín de muertos
Antología de relatos mexicanos de zombis
(4 y último)

Jesús Guerra

Festín de muertos reúne 18 cuentos de zombis escritos por 18 narradores mexicanos. En las tres partes anteriores (primera aquí, segunda y tercera) he estado comentando cada uno de los relatos, hasta llegar al número 15. Así que continúo, entonces, con el cuento 16, llamado «Señor Z», su autor es Carlos Bustos (nacido en Guadalajara, en 1968). Es un relato que narra una breve, pero intensísima pasión. No es precisamente una historia de amor sino una atracción animal en un caluroso ambiente tropical. Es una pasión desenfrenada, al principio, producto más bien de una larga soledad. Una de las cosas que me han parecido más interesantes es que se trata de una vertiente argumental poco relacionada, en general, con los zombis.

No entro en detalles para no arruinarles la sorpresa. Sí les puedo decir que es un cuento que vale mucho la pena leer, a pesar de que el lenguaje con el que está escrito no me parece del todo adecuado para la narradora, pues la historia la cuenta una mujer. No sé si se deba precisamente a esto, pues una de las cosas más difíciles para los escritores es contar desde la perspectiva del género opuesto. Pero no es más que una impresión personal de una primera lectura. Está entre el realismo sucio a la americana y el melodrama violento tropical. Tal vez sea melodrama sucio con realismo violento costeño... o algo así. La clasificación no importa, importa, eso sí, que el relato es muy eficaz.

El cuento 17, el penúltimo de esta antología, se llama «El hombre que fue Valdemar», y su autora es Norma Lazo (quien nació en Veracruz, en 1966). Este es un relato clásico de zombis, lo cual me gusta mucho pues me parece que estas narraciones son muy necesarias en una antología como ésta, y es que luego de tanta experimentación, el lector tiende a perder de vista los orígenes del género. Además, es un texto muy bien escrito e inteligente.

Valdemar y Ana Laura están en esa edad en que comienzan a ser y a sentirse medio abandonados por sus hijos, ya que sus hijos, a su vez, están en esa edad en que empiezan a deslindarse de sus padres, aunque aún no se independicen de ellos (sus hijos son Simón, y a la chica le dicen Peaches). Es un proceso natural pero no por eso es fácil de aceptar por parte de los padres. Así que Ana Laura y Valdemar deciden ir de campamento con sus cada vez más ensimismados retoños, como lo hacían cuando éstos eran niños, y aunque en un principio los adolescentes no quieren, terminan por aceptar. Los padres quieren hacer ese último viaje, ese último campamento con sus hijos, sin saber cuan cierto es lo que se proponen.

Cuando van en la carretera ven que el sol se pone negro, como si fuera un eclipse, y el bosque adopta un color rojo sangre que no es el normal de los atardeceres. En el trayecto los padres no han querido encender la radio para evitar discusiones familiares. Por eso no se han dado cuenta de las últimas noticias: que el apocalipsis ha empezado ya, en todo el mundo al mismo tiempo, con la llegada de los cadáveres andantes. Un cuento bien narrado, interesante y emocionante, que se agradece.




El último de este libro, el número 18, lleva por título «El lugar del hombre». Este relato tiene una particularidad que me parece importante para los lectores coahuilenses, y es que su autor es Luis Jorge Boone, quien nació en Monclova, Coahuila, en 1977.

Este relato, me parece, es el de argumento más complejo, y trata de lo siguiente: cuando la plaga se terminó, luego de 12 años terribles, algunos de los países que la sufrieron —pues hubo algunos que cerraron sus fronteras— lo que intentaron hacer fue «olvidar» los acontecimientos. No era sólo una reacción psicológica espontánea sino un objetivo político planeado, por lo menos por algún partido, sus dirigentes y sus candidatos.

Inmediatamente después de apagarse la infección, lo que algunos grupos de personas hicieron, con la ayuda de esa ala política mencionada, fueron campañas de exterminio de los infectados. Pero algunas instituciones científicas opinaban que debían de conservarse algunos de esos desafortunados enfermos para poder estudiarlos, es decir, para estudiar la enfermedad, y así, intentar impedir que se presentara de nuevo en el futuro.

Este desencuentro de ideas lo que logró fue que un laboratorio importante se viese en la necesidad de realizar sus investigaciones en secreto. Y el investigador a cargo de realizar el estudio, con unos pocos infectados que lograron salvar del exterminio, concibió un plan extraño para demostrar su verdad...

«El lugar del hombre» es un cuento verdaderamente interesante de Luis Jorge Boone. Es un relato que toma elementos de otros géneros, como el thriller, además del terror, para desarrollar la historia que cierra esta interesantísima antología.

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Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis. Raquel Castro y Rafael Villegas (antologadores). Editorial Océano, colección El Lado Oscuro. También se consigue en edición de bolsillo, en la serie Océano Express. 180 págs.



viernes, 22 de junio de 2018

Festín de muertos (3)





Festín de muertos
Antología de relatos mexicanos de zombis
(3)

Jesús Guerra

Si llegaron a esta entrada sin haber leído las anteriores, permítanme decirles que hay dos anteriores, la primera y segunda partes de esta reseña de Festín de muertos. Sigo, pues, con mis comentarios...

El cuento número nueve se llama «Los días con Mona», y es de Joserra Ortiz (escritor nacido en San Luis Potosí, en 1981). Es un relato intimista en medio del caos del apocalipsis zombi en una gran ciudad mexicana. Calles vacías, edificios solitarios, casas muertas. Todo está en ruinas. Los personajes son el narrador —un joven en sus veintes, supongo— y una chica llamada Mona, y ambos se encuentran en alguna parte de su huida permanente. El joven nos cuenta de aquellos días, hace mucho tiempo, en que compartió su huida —de una casa a otra, de un escondite a otro— con esa joven bellísima, a la que nunca pudo conquistar, porque ella creía que el amor y el sexo arruinan las relaciones de las personas, y como no podían saber cuánto tiempo estarían juntos, viviendo como nómadas de las ruinas, ella prefería no arriesgarse. En esos días conversaban de todo. Luego ella se obsesionó con la idea de entender el significado de lo que sucedía, que los muertos se hubieran levantado y atacaran a los vivos, y con eso, cambió también la relación entre ambos.

El relato está bien escrito, es ágil, atractivo, interesante y tiene un final abierto que, como todos los finales abiertos, molestan a unos, desconciertan a otros, y les encantan a los demás.

El décimo relato lleva el título «Los Zetas», y es de Bernardo Fernández, conocido como Bef (escritor e historietista nacido en la Ciudad de México, en 1972). Es un cuento brevísimo, bueno y ambiguo, en formato de cómic. Cada página es un recuadro. Ocho recuadros, ocho páginas. Creo que está bien contado y los dibujos son interesantes. Pero no puedo contarles nada más. 

El cuento número once tiene el título «El puente», y fue escrito por Gabriela Damián Miravete (quien nació en la Ciudad de México, en 1979). Su relato es sugerente, envolvente y alucinante, está bastante bien contado y tiene elementos siniestros bien administrados.

Una mujer (no sabemos su edad, pero es joven) está en su departamento, sola, viendo la televisión cuando se va la luz. Por los ruidos que hacen los vecinos ella se da cuenta que no es un apagón sólo del edificio, debe de ser en un sector amplio. Escucha a los vecinos pero ella está cansada, apática. Se acuesta a esperar a que regrese la luz, y recuerda los sueños que ha estado teniendo en los últimos días. Ha soñado con su tía, la querida tía, ya fallecida. Y en los sueños, aunque ella sabe que su tía está muerta, no le tiene miedo pues la ve como era en su juventud. Pero en el sueño un río separaba a la mujer que sueña y a su tía. Y se pusieron a construir un puente con objetos que la soñadora encontraba en el bosque. Objetos relacionados con su niñez y con la juventud de su tía. Y el puente se iba formando, poco a poco... Este sueño tiene repercusiones terribles en la realidad de la mujer que está acostada, en la oscuridad, intentando no quedarse dormida... Un relato espléndido, con una atmósfera muy bien lograda.




El cuento número doce tiene el título «Como cada vez», y fue escrito por Karen Chacek (nacida en la Ciudad de México, en 1972). En un tiempo futuro indeterminado, en el que conviven los humanos y los zombis, el amor en realidad ya no existe. Sólo los viejos hablan de amor cuando rememoran su juventud. La narradora y protagonista de este relato es una zombi, o eso parece, que no ha perdido la esperanza, absurda, de llegar a enamorarse. Lo que existe en ese momento son unas relaciones carnales perturbadoramente extrañas... Confuso en un inicio, es uno de esos cuentos que nos van dando las claves poco a poco, y los lectores vamos entendiendo las cosas a medida que avanzamos en la lectura. Es un texto muy eficaz que nos habla de un mundo verdaderamente aterrador... quizá el mundo que ha comenzado a perfilarse ya en nuestro horizonte.

El cuento número trece se llama «Sala de recuperación», y es de Antonio Ramos Revilla (quien nació en Monterrey, en 1977). Prentice es un «recuperado», un hombre que fue zombi por un breve período —el cuerpo de los zombis que lo han sido por mucho tiempo se pudre a tal grado que no pueden ser «curados»—, y fue salvado por los humanos, quienes no sólo han encontrado la vacuna contra la infección, sino que, con tratamientos físicos y psicológicos, curan el cuerpo y, se supone, la mente de los zombis recuperables. El objetivo final de este tratamiento es la reinserción de los curados, su regreso a la sociedad. El tratamiento psicológico es, más o menos, como el de un adicto a quien hay que quitarle sus tendencias, en este caso: la urgencia por desgarrar cuerpos, por matar, por comer humanos vivos. Este relato nos cuenta una sesión del tratamiento de Prentice. Y los lectores, la verdad, no nos sentimos tan confiados como los médicos, del éxito del tratamiento... Un estupendo y muy inquietante relato.

El cuento número catorce lleva por título: «Angelito», y su autor es Arturo Vallejo (quien nació en la Ciudad de México, en 1973). Es un cuento muy breve y muy inteligente, de un agudo humor negro, en el que se nos relata la historia de una mujer rebelde, la cual, nunca, desde niña, hizo lo que le ordenaban la madre, sus novios, la sociedad. Es tan breve que no puedo contarles nada más, sólo puedo recomendárselos muchísimo. Hay que tener en cuenta las implicaciones sociológicas de esta brillante narración.

El relato número quince se llama «La primera en la frente», y es de Ricardo Guzmán Wolffer (quien nació en la Ciudad de México, en 1966). Este relato es otra parodia, pero de un tono y un estilo muy diferentes a «Los salvajes», de Alberto Chimal (la otra parodia de este volumen). También, su universo cultural es otro: aquí los géneros mezclados son zombis y lucha libre, en el ring más grande de este país: el Zócalo de la Ciudad de México. Dos luchadores que representan al pueblo —Sepu y el Milanesas— se dirigen al Zócalo a pelear en una confrontación pública, pero secreta, en un tipo de lucha «muy» libre, sin límite de tiempo y a muerte, contra un par de zombis asquerosamente feos. Desde la invitación a la lucha hasta el premio se encuentran en clave chilanga... Divertido, sin duda, pero —como ya apunté en el caso de la otra parodia, según mi muy personal opinión— se encuentra fuera de lugar en este libro, por el tono, no por el tema. Independientemente de eso, que finalmente es un asunto de gusto personal, su lectura es sumamente recomendable.

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Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis. Raquel Castro y Rafael Villegas (antologadores). Editorial Océano, colección El Lado Oscuro. También se consigue en edición de bolsillo, en la serie Océano Express. 180 págs.



jueves, 14 de junio de 2018

Festín de muertos (2)





Festín de muertos
Antología de relatos mexicanos de zombis
(2)

Jesús Guerra

En la entrada anterior de este blog comencé a comentarles este libro, Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis, que me parece muy recomendable, tanto para jóvenes como para los amantes del género del terror en todas sus variantes. Dije que haría un comentario de cada uno de los 18 cuentos incluidos en el libro, así que sigo a partir de donde me quedé:

El segundo cuento se llama «El sótano de una casa en una calle apenas transitada», de Édgar Adrián Mora (nacido en Tlatlauquitepec, en 1976). Es un relato muy efectivo ubicado en un momento posterior a la infección zombi, cuando ya incluso se ha encontrado la manera de detenerla, y de calmar a los zombis, volviéndolos inofensivos, aunque no se ha encontrado la manera de curarlos, puesto que, de hecho, están muertos. Se nos cuenta que hubo una época anterior en la que los zombis pasaron de ser cazadores a víctimas de los humanos que los exterminaban, porque los humanos no entendían (o quizá no querían entender) que los infectados ya no eran violentos. Los pocos zombis que quedaron pasaron a ser tolerados, y de hecho el gobierno lanzó una campaña para que la gente que así lo deseara, pudiera adoptar un zombi. (La verdad es que esta idea es una maravilla.) Y el tío Roberto fue una de las personas que adoptó uno, y cuando el tío murió, lo heredó Sofía. Ella misma no sabía muy bien por qué lo había aceptado, y había días en que deseaba que al bajar al sótano en el que lo tenía encadenado, lo encontrara muerto... hasta que comprendió que nunca moriría... Así que los destinos de ambos estarían unidos por mucho tiempo... Y ya no les cuento más. Este relato me parece estupendo. Muy bien ubicado entre la ciencia-ficción, el terror y el humor negro.

El tercer cuento lleva por título «El deber de los vivos», y es de Jorge Luis Almaral (nacido en Culiacán, en 1985). Se trata de un relato muy corto pero eficaz, en tono de humor negro, aunque, como todo lo humorístico, en el fondo es muy serio, y en este caso hace una pregunta importante que cada lector tendrá que responderse.

Nos cuenta de un chavo de prepa que camina con rapidez para llegar a la escuela. Se le pasó el autobús porque se quedó dormido, y eso debido a que se quedó viendo películas de zombis hasta la madrugada. Casi llegando a la escuela escucha un golpe en la reja metálica de un edificio y voltea a ver qué pasa, y ve a una mujer, en bata, con el rostro magullado, con moretones y heridas en los brazos y piernas, que se lanza contra la reja, como si no pudiera verla, o como si no entendiera que hay que abrirla primero. El chavo se impresiona, piensa que la mujer debe estar enferma o drogada. Se acerca a la puerta enrejada para verla mejor. Y se pregunta si será un zombi. El chavo sabe que es una tontería siquiera pensarlo, pero el asunto es que la mujer parece un zombi, y actúa como un zombi... ¿Cómo saber si lo es?... ¿Qué haríamos (¿qué harías tú?) si nos encontramos ante una situación tan extraña que pareciera que se están fundiendo el mundo de la fantasía y el de la realidad? Muy interesante y bien contado.

El cuarto relato se llama «Show Business», y es de Omar Delgado (autor nacido en la Ciudad de México, en 1975). Un equipo de filmación norteamericano llega a una isla de Asia en donde se encuentran todos los zombis de una epidemia que finalmente quedó contenida. Es la isla de los zombis. Durante una época, los millonarios iban a esa isla a dispararle a los zombis. Uno de esos millonarios excéntricos que deseaba destrozar muertos vivientes mientras escuchaba música clásica a todo volumen, descubrió que una pieza en particular, el concierto de Brandemburgo número 4 de Bach, paralizaba a los zombis, o más bien los dejaba como hipnotizados. Esa información la leyó el director de cine, megalómano y pretencioso, que está a la cabeza de ese equipo de filmación que acaba de llegar. Lo que quiere es filmar la escena final de su película ahí, una película de guerra sobre la Segunda Guerra Mundial, y quiere utilizar a los zombis como «extras», para darle mayor realismo a la carnicería... Ya no puedo contares más, pero a mí este relato me ha parecido muy divertido e ingenioso, y les aseguro que vale la pena leerlo. Como todas las buenas obras sobre zombis, el mensaje subyacente es que la verdadera plaga en este planeta la constituimos los seres humanos.




El cuento número cinco de esta antología lleva por nombre «Día de muertos», y es de José Luis Zárate (escritor nacido en Puebla en 1966). Este es uno de los cuentos que más me han sorprendido de este libro. Y es que es uno de los que sí se apropian verdaderamente del género de los zombis y lo vuelven un género mexicano: el resultado, entonces, es una obra que no pudo haberse escrito en ninguna otra parte del mundo. Lamentablemente no puedo contarles nada de él porque se los echaría a perder a ustedes, sus futuros lectores. Pero se los recomiendo de manera especial. Es imaginativo, original, aterrador a su manera, y emotivo. La verdad, es un cuento memorable.

El sexto relato es «Los primeros atardeceres del incendio», escrito por César Silva Márquez (narrador nacido en Ciudad Juárez en 1974). Similar al caso del cuento anterior, éste es también uno de los relatos que cumple muy bien con los principios planteados para esta antología, es uno de los relatos que se han apropiado del género de los zombis y lo han adaptado a México bastante bien, a pesar de que desde la perspectiva de las circunstancias narradas, es más bien un cuento clásico de este género, lo cual es también bastante bueno. El narrador es un periodista de Ciudad Juárez, y lo que nos cuenta es cómo empezó la infección zombi en dicha ciudad; cómo él y algunos de sus compañeros de trabajo se enfrentaron por primera vez a los muertos vivientes, qué era lo que la gente decía, las especulaciones que hacían, los rumores que escuchó, y cómo a partir de un momento dado, la invasión zombi se dio con una enorme rapidez. Sin duda, un cuento interesantísimo.

El séptimo relato es «Sobrevivir», y su autora es Cecilia Eudave (escritora nacida en Guadalajara, en el año 1968). Esta es una de las narraciones breves del libro. Está contado o «pensado», digamos, por un zombi. No sólo es un zombi sino, probablemente, el último zombi sobre la Tierra, un planeta en el que ya tampoco hay humanos ni animales. De este cuento me gusta la idea central, que me parece muy interesante y terrible, pero no termina de convencerme la manera en que está narrado, simplemente porque se supone que los zombis no piensan, y al volverlo un ser nostálgico y melancólico, que piensa casi de manera poética, el relato destruye la idea de lo que es un zombi. La pena por el zombi nos tiene que dar a los lectores, no al zombi. Por lo menos, claro, pensando desde una perspectiva de literatura de terror. Aun así, creo que vale mucho la pena leer este relato pues tiene otros aciertos.

El octavo cuento se llama «Los salvajes», y su autor es Alberto Chimal (quien nació en Toluca en 1970). Este relato es una parodia. Muy divertida e ingeniosa, en donde se mezclan narcos, escritores y zombis. El texto en sí es bastante bueno, sumamente disfrutable, pero me parece fuera de lugar. Es, evidentemente, una cuestión de gusto personal. Si el libro fuera una antología humorística, estaría perfecto, pero en un libro que pretende «adueñarse» del género de los zombis, la parodia parece más bien representar la incapacidad para adueñarse del género. La fórmula es: si no puedes escribir en un género determinado, búrlate de él, ¿no? En realidad, ése es el caso de muchas parodias, pero no siempre es el motivo para escribirlas, y además me parece claro que éste no es el caso pues Chimal es un gran conocedor de los géneros literarios y es un escritor talentoso. Prefiero no mencionar de qué trata esta parodia, aunque ya mencioné a algunos de los personajes, para no arruinarles su propia lectura. De que vale la pena leer este relato, no hay duda, y de que se van a sorprender y a reír, tampoco.

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Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis. Raquel Castro y Rafael Villegas (antologadores). Editorial Océano, colección El Lado Oscuro. También se consigue en edición de bolsillo, en la serie Océano Express. 180 págs.




miércoles, 6 de junio de 2018

Festín de muertos (1)





[Literatura Juvenil]

Festín de muertos
Antología de relatos mexicanos de zombis
(1)

Jesús Guerra

Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis es un libro que, estoy seguro, le va a interesar a muchos lectores jóvenes, y también a los lectores, de cualquier edad, de literatura de terror. Es un libro, además, que tiene una característica que lo hace especial para nosotros, y para entenderlo basta con regresar al subtítulo de este volumen. El libro fue antologado por Raquel Castro y Rafael Villegas. Está publicado por la editorial Océano, en su colección El Lado Oscuro. La primera edición apareció en 2015, y para 2017 se publicó también en edición de bolsillo, en la serie Océano Express.

Este volumen, de 180 páginas, contiene una presentación breve pero bastante informativa, a cargo de los dos antologadores, en donde se nos dice el objetivo central del libro, hace un breve repaso de la historia de los zombis y su evolución tanto en el cine como en la literatura, y comenta los cuentos y a sus autores. Viene después la parte central del libro, compuesta de 18 cuentos de 18 escritores mexicanos, nacidos entre los años de 1966 y 1985. Es decir que para el momento que apareció este libro en su primera edición, en 2015, los autores más maduros tenían 49 años, y el más joven 30.

Los autores
Los autores incluidos en este volumen son los siguientes (están en orden alfabético, como en las fichas, y aparece, entre paréntesis, la ciudad y el año en que nacieron):

1. Jorge Luis Almaral (Culiacán, 1985)
2. Bernardo Fernández, Bef (Ciudad de México, 1972)
3. Jorge Luis Boone (Monclova, 1977)
4. Carlos Bustos (Guadalajara, 1968)
5. Karen Chacek (Ciudad de México, 1972)
6. Alberto Chimal (Toluca, 1970)
7. Gabriela Damián Miravete (Ciudad de México, 1979)
8. Omar Delgado (Ciudad de México, 1975)
9. Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972)
10. Cecilia Eudave (Guadalajara, 1968)
11. Ricardo Guzmán Wolffer (Ciudad de México, 1966)
12. Norma Lazo (Veracruz, 1966)
13. Édgar Adrián Mora (Tlatlauquitepec, 1976)
14. Joserra Ortiz (San Luis Potosí, 1981)
15. Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977)
16. César Silva Márquez (Ciudad Juárez, 1974)
17. Arturo Vallejo (Ciudad de México, 1973)
18. José Luis Zárate (Puebla, 1966)

Los antologadores, los vuelvo a mencionar, son: Raquel Castro (Ciudad de México, 1976), y Rafael Villegas (Tepic, 1981).

Después de los relatos, el libro contiene, además, una sección de fichas biobibliográficas de los autores, y otra con fichas de los antolgadores. Me interesa, de manera especial, mencionar el objetivo central de este libro, así que transcribo unas líneas de la presentación:

«Ésta es una colección de historias sobre zombis (con zombis, alrededor de los zombis) escritas por autores mexicanos. ¿Por qué esas criaturas? No es porque sean personajes tan populares en la cultura pop actual... o mejor dicho, sí, es en parte por eso. Pero no porque nosotros, o los autores reunidos, quisiéramos hacer con ellos exactamente lo mismo que han hecho incontables escritores en múltiples cuentos, novelas, películas y cómics. De hecho deseábamos hacer algo diferente con esas criaturas incontenibles, sin identidad, perpetuamente hambrientas: queríamos apropiárnoslas».

He aquí la idea, el objetivo central: apropiarse de los zombis, ubicarlos en cuentos mexicanos, o, si se prefiere, mexicanizar a los zombis (pero no tropicalizarlos, que equivaldría a caricaturizarlos). Todos los cuentos reunidos en esta antología han sido escritos por autores mexicanos, y tratan, de una u otra manera, a los zombis. Ya con eso los relatos tienen derecho a estar aquí. Algunos de esos cuentos no logran del todo la mexicanización de estos monstruos, pues por características específicas de determinadas historias, los relatos están ubicados en el extranjero, aún si no se menciona en dónde transcurre la trama, y con personajes no mexicanos (aunque sí, claro, el punto de vista es mexicano). Otros de estos relatos cuentan historias que, si bien son originales, se encuentran dentro del campo de los tradicionales relatos de zombis, lo cual está bien pues hay que crear nuestra propia historia de estas criaturas. Y otros, en cambio, han logrado esta adaptación de manera tan original, que dichos relatos no podrían haber sido escritos más que por autores mexicanos. O sea que hay de todo.

Incluso hay un par de parodias de los relatos de zombis, y si bien es cierto que se trata de textos muy bien escritos y son bastante originales y divertidos, son los que, para mi gusto particular, están un poco fuera de lugar en este libro. No es que no me gusten las parodias, lo aclaro, pero las prefiero reunidas en su propio tomo, pues en un libro que pretende asustarnos, o por lo menos hacernos ver desde otra perspectiva a unas criaturas terroríficas, los relatos divertidos saltan en cuanto al tono. Pero eso es cuestión de gustos. Lo importante es que el libro es bastante bueno.



Historia y evolución de los zombis
Ahora permítanme hablarles un poco de la historia de los zombis en el cine y la literatura. Por supuesto que hay varios (muchos) sitios en Internet en donde los interesados en estos monstruos que ahora están de moda pueden leer sobre su historia y evolución, pero si quieren tener una visión rápida de esta información, es interesante leer el texto de presentación de esta antología mexicana de zombis. De una manera breve pero con buena información, los autores de este texto introductorio nos muestran un panorama general de este subgénero del terror.

Resulta que en 1915 los norteamericanos ocuparon Haití, y ahí permanecieron hasta 1934. Y en Haití tienen un personaje particular —producto del folclor, y esto debido a las mezclas culturales que han incorporado religiones provenientes de África, debido a los esclavos que fueron llevados a esas tierras—: el zombi. Pero el zombi de la cultura religiosa haitiana es, se supone, un muerto al que un brujo le practica un hechizo y lo revive, pero sin voluntad alguna, con la finalidad de que ese muerto viviente sea, de alguna manera, una especie de esclavo ya sea del propio brujo o de la persona que le pagó al brujo para que creara ese zombi.

Ese personaje del folclor de Haití pronto pasó a la cultura popular de los Estados Unidos gracias a un libro de 1929 llamado La isla mágica, de W. B. Seabrook, y a su parcial adaptación cinematográfica, de 1932, dirigida por Victor Halperin, llamada El zombi blanco.

Transcribo, a continuación, dos párrafos de la presentación del libro, pues son muy concisos e importantes. Dicen los autores:

«Por supuesto que el zombi moderno no es el del folclor haitiano, sino el nacido en la cultura estadounidense que tiene al cine como su medio de difusión más importante.

»Su aparición es abrupta y un poco accidentada: en la que hoy se considera su película inaugural, La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, de 1968, no se dice nunca la palabra zombi y tampoco aparecen muchas de sus características actuales, pues su autor no se inspiró directamente en el personaje caribeño, sino en el que aparece en la novela Soy Leyenda, de 1954, de Richard Matheson, que es una extraña especie de vampiro. Además, el aspecto visual de sus muertos vivientes, pálidos y ojerosos, se debe sobre todo al look de la tropa de fantasmas que aparece en la película de culto Carnaval de las almas, de 1962, de Herk Harvey». 

El texto sigue, pero yo me detengo aquí. Me parece que con esto se han mencionado los puntos fundamentales de la evolución del zombi como monstruo (y ahí están los títulos de libros y películas que son obligados para los verdaderos fans de este género). Y a partir de los últimos años del siglo 20, a medida que más obras con zombis se escriben y se filman, cada cuento, cada novela, cada novela gráfica, pero sobre todo cada película y, dentro de lo cinematográfico, cada serie de televisión, va aportando alguna característica nueva que va haciendo evolucionar más a estas criaturas aterradoras.

Los cuentos
Ahora comentaré cada uno de los cuentos —en varias entradas de este blog, para que no se intoxiquen de letras y zombis—. El primer cuento se llama «La otra noche de Tlatelolco». Su autor es Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972). Desde diversos puntos de vista se narra un incidente extraño sucedido en un momento extraño... Por una parte, un hombre se levanta en la calle, de noche, bajo la lluvia. No piensa. El narrador explica que este hombre no piensa, que es un autómata. Sigue impulsos. Camina y se va. Por otra parte, una chica, desesperada, busca a su novio. Y desde una tercera perspectiva, leemos unos reportes secretos. Uno relata el extraño despertar de varios cadáveres. Uno de ellos mordió a una persona en un brazo. Se presenta también una cuarta perspectiva en esta historia: un fragmento de una entrevista con un antropólogo, que está recluido en un hospital para enfermos mentales, que dice saber la explicación de lo que sucede... Poco a poco los lectores vamos armando este rompecabezas y vamos comprendiendo lo sucedido.

Si ustedes buscan comentarios de este libro en Internet, se darán cuenta que hay, como con todas las obras de cualquiera de las ramas del arte, todo tipo de opiniones. Pero en términos generales, este primer cuento es de los que más gustan. A mí me parece interesante, aunque no estoy de acuerdo, digámoslo así, con algunas de las decisiones del autor. Como ya apunté, es cuestión de gustos y de perspectivas.

Espero que este libro les interese, que lo busquen y lo lean. Estoy seguro de que los va a sorprender.

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Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis. Raquel Castro y Rafael Villegas (antologadores). Editorial Océano, colección El Lado Oscuro. También se consigue en edición de bolsillo, en la serie Océano Express. 180 págs.